
Cuando uno va a un concierto punk y recuerda sus tiempos de juventud… se echa a temblar. Se rememoran momentos de sudor, pogo infernal, golpes, saltos, patadas y moretones que duran varios días (sino semanas) acompañados de dolores musculares varios.
¿Y porqué te echas a temblar? Pues, básicamente, porque uno ya no tiene edad para esos excesos. Sin embargo, el tiempo pasa para todos, incluidos los “punks”.
En la Sala Sol no hubo nada. Todo era muy correcto y cordial. La gente hacía cola en el ropero (¡¡¡¡y pagaba por colgar sus abrigos en perchas!!!!), se excusaba al pasar a tu lado, bebía con moderación, canturreaba los estribillos y bailaba sin molestar. ¿Se ha aburguesado el espíritu destructor de los 70?.
Para The Buzzcocks la historia es diferente. Vale que están más viejos. Vale que les falta pelo. Vale que 30 años de escenarios pasan factura. Pero siguen derrochando la misma energía que el primer día. Tocan todos sus éxitos (para gozo del personal), sudan, rompen los instrumentos, saltan, disparan temas como una metralleta y abrazan y saludan al público cuando terminan.
Pocas bandas se permiten tales lujos (y mucho menos unos grandes y veteranos como ellos). Y, menos mal, yo estuve allí para verlo (¡y pienso repetir!).