Capítulo 2. Primer día en Tokyo.
En este capítulo vamos a contar un poco sobre nuestra toma de contacto con la capital nipona. La primera impresión sobre la ciudad es el golpe de calor que te asalta nada más pisar el exterior. Cuando estás en el aeropuerto o en el tren no te enterás gracias al aire acondicionado, pero cuando salimos a la calle por primera vez en la estación de Shinagawa sentimos eso que llaman “calor tropical”. A las altas temperaturas se una una humedad de casi el 100%, lo que hace que no pares de sudar como una bestia aunque estés a la sombra y no muevas ni un sólo músculo.
Pero pasemos a lo que interesa.

Llegar al hotel fue de los más sencillo. Nada más salir por la Puerta Central de la Estación de Shinagawa te lo encuentras de frente. Es un edificio bastante feo, pero está muy bien situado. Desde la puerta tomé las primeras fotos del “skyline”.
Lo que aquí veis es una lámpara que decoraba parte del techo de la recepción. Parece bonito, pero era una horterada de gran calibre. Como llegamos dos horas antes de la supuesta hora de check-in, pues tuvimos que esperar un rato a que nos dieran la habitación, así que me dio tiempo a capturar estos bellos momentos de arquitectura hotelera.

Tras las correspondientes duchas, microsiestas y acicalamientos varios nos lanzamos a la calle. Me moría de ganas de salir y rodearme de japoneses. A los cinco minutos empezó a ponerse el cielo negro y a los 15 minutos empezó a llover de una manera desaforada. Como ya era la hora de comer nos metimos en el primer sitio que vimos y, con mucha dificultad (¿he dicho ya que en Japón casi nadie habla inglés?) logramos pedir todas esas viandas que veis. El plato consistía en sushi variado, arroz, sopa miso y huevo duro con gengibre. Para beber té helado. Todo un shock de sabores y colores.

Con el estómago lleno y un sol radiante en las calles (la lluvia duró exactamente 10 minutos) emprendimos camino hacia el centro. Caminando boquiabiertos sin saber muy bien hacia dónde nos dirigíamos, nos encontramos los primeros templos metidos con calzador entre casas y rascacielos. Son todos muy bonitos y muy diferentes con sus campanas, sus incensarios, sus fuentecitas para lavarse las manos y la boca, sus arbolitos,… y ¡nadie para vigilar!. Es como muy natural el hecho de que, aunque esté abierto a las visitas y no haya vigilancia, la gente respeta completamente la propiedad (pública y privada). En Japón las calles están extremadamente limpias, todo está muy ordenado y no existen las pintadas.

Caminando, caminando llegamos a la primera zona que podríamos llamar “centro” (centro es un concepto muy distinto en Tokyo). Allí nos encontramos con varios parques y con la majestuosa Tokyo Tower, un prodigio arquitectónico de 333 metros de altura. Construida como centro de telecomunicaciones hoy alberga dos miradores y transmite 9 canales de televisión y 5 emisoras de radio. Como dato curioso decir que es más alta que la Torre Eiffel pero pesa unas 3000 toneladas menos. Allí nos sentamos en un banco a descansar (llevábamos una hora caminando tras casi 24 horas de viaje sin dormir a la espalda) y casi me quedo dormido. En este punto Sandra nos abandonó para irse a dormir al hotel. Arancha y yo decidimos que queríamos ver más cosas y que no podíamos malgastar el tiempo. Además teníamos que adaptarnos a la hora de Japón. Así que nos quedamos a pasear un poco más. Eran alrededor de las cuatro de la tarde.

Muy cerca de Tokyo Tower hay un pequeño parque llamado Shiba-koen. Dentro del recinto del parque hay un enorme templo llamado Zojo-ji. Alrededor de los bordes del parque hay cientos de figutitas de niños pequeños vestidas con brillantes colores y con pequeños juguetes a sus pies. Más tarde nos enteramos que son imágenes conmemorativas de niños muertos. A pesar de representar algo tan triste, las esculturas son muy bonitas todas puestas en hileras y con tanto colorido.

El Zojo-ji se construyó a finales del siglo XIV y perteneció a la familia Tokugawa. Durante muchos años y sirvió de alojamiento a numerosos peregrinos. Aunque llegó a tener más de un centenar de edificios, muchos fueron destruidos por incendios y bombardeos. La entrada principal, llamada Sanmon, se considera un tesoro de importancia nacional en Japón. La campana del templo, de casi 8 metros de altura, se hizo con metal fundido procedente de las agujas de cabello que donaron las damas de la corte del shogun. Fuente: Fer

Dentro del Zojo-ji se respira un ambiente de tranquilidad y paz. En todo Japón hay un gran respeto (a parte de por todas las cosas) por la religión. No sabía si se podían sacar fotos en el interior pero, aprovechando que nadie me veía, me tomé esta instantánea de guiri. Observen el kit del perfecto viajero (camiseta de Starsky and Hutch, bermudas cotrosas, mochila a la espalda y posición de “aquí estuve yo y quiero que se note para darle envidia a los colegas”).

Salimos del templo y quisimos ir a ver el mar. Tokyo está situada al final de una bahía (Tokyo-wan) que, como dato curioso, incluye una extensión de 249 km² de tierras ganadas al mar. En dicha bahía se encuentran ubicados varios puertos de gran importancia: el de Tokio, Chiba, Kawasaki, Yokohama y Yokosuka. Antes de llegar allí, paseamos por las calles de Asakusa en dirección al World Trade Center un impresionante rascacielos situado sobre la estación de Hamamatsucho. Allí vimos las primeras curiosidades como las placas del suelo que prohiben fumar por las calles y este ciclotaxi tan cuco. Nos entraron ganas de cogerlo, pero nos daba pena que un pobre japonés tuviese que sudar tinta china para darnos un paseo por la zona.

Finalmente llegamos a uno de los bordes de la bahía. Allí nos sentamos a descansar un rato observando los rascacielos que se alinean al borde del mar. A nuestra izquierda, dos bancos más allá, un hombre se echaba una siestecita aprovechando la sombra y el fresquito de la tarde. La postura no tiene desperdicio. Una de las cosas que más sorprenden de los japoneses es la facilidad que tienen para quedarse dormidos en cualquier parte: en el metro, en el tren, en los parques, en los restaurantes,… Allá donde halla un sitio para sentarse, la cabezada está asegurada. A ello contribuye el hecho de que Japón es uno de los países más seguros del mundo. No me quiero ni imaginar a alguien dormido con su maletín, su portátil y su móvil en el asiento de al lado (sin supervisión) en el metro de Madrid. Seguramente se despertaría poco menos que en calzoncillos.

Caminamos cinco kilómetros de vuelta al hotel y llegamos tan destrozados que pasamos de todo y nos pusimos a dormir. Entre tanto Sandra, perfectamente recuperada tras su reposo, organizó el primer encuentro con la que iba a ser una de nuestras guías no sólo en Tokyo, sino en casi todos los lugares que visitamos: Azumi. Con ella nos fuimos a cenar a un restaurantillo cerca del hotel (no estábamos para muchos trotes) donde pude disfrutar de mi primera comida caliente desde la llegada al país: tako (pulpo para los amigos).
Próximo capítulo: “Asakusa, Mercado y Templo Senso-ji”.


















