Cada mañana salgo de casa y me regocijo ante los incipientes rayos de sol. Camino escuchando música hasta la parada del autobus. Espero paciente su llegada y me subo a aquel cuyo número coincida con mi ruta. Me acurruco en algún asiento libre y recóndito. Mientras asciendo la Gran Vía viajo por fantásticos mundos de la mano del maestro del lenguaje. El inabarcable Borges.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. [...]
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Borges: Los libros y la noche.
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