La laca se secó. Historia de un estreno

¿Qué sucedería si te invitasen, la noche antes a tu cumpleaños, al pre-estreno del “remake” (aunque yo le llamaría “remate”) de una película escrita por uno de los directores más irreverentes del cine americano?. En 1988 John Waters estrena la que, posiblemente, será su última película de relativo éxito: Hairspray.
El lehendakari consiguió pases para el pre-estreno en Madrid de Hairspray (2007) y acudimos a dicho evento con todas nuestras ganas bajo el brazo. Esto es un relato de lo que allí sucedió.
Llegamos Lehendakari, la Señorita Millón y yo con una hora de adelanto a las puertas del cine Capitol, sito en la Gran Vía madrileña, para reunirnos con Zanti Pa, Esteban Pa y Pedro 10. El gentío que abarrotaba las puertas no era ni medio normal. Vallas, policías, adolescentes gritonas, flashes, pancartas,… como en Jolibud pero a la española. En ese momento nos dimos cuenta que la noche iba a dar para mucho.
Cuando ya estábamos todos nos repartimos las invitaciones y nos aprestamos a penetrar en el “garito”. La gente nos asaltaba preguntándonos si nos sobraba alguna entrada. No nos sobraba, pero no haríamos ascos a una suculenta oferta monetaria que no surgió de ninguno de nuestros interlocutores. Así que no nos quedó otra que acceder al recinto.
En el hueco que quedaba libre de vallado, un par de maromos trajeados procedió a cortar una esquina del cartón multicolor estampado con los caretos de los protagonitas (entre ellos un híper maquillado John Travolta, una reseca Michelle Pfeiffer y un descompuesto Christopher Walken). Muy fino y aséptico todo.
Las niñas no dejaban de gritar y se nos hacía imposible oirnos entre nosotros con semejante ultrasonido clavándose en nuestro cerebelo. Aún así hicimos gala de nuestra profesionalidad y repartimos saludos y poses al populacho. Ya se sabe que a estos eventos hay que acudir en plan estrellaza que sino te critican por soso y borde. Una jovenzuela de no más de 15 años me grita algo que no acierto a entender así que, gentilmente, me aproximo a la valla y le pregunto que qué es lo que quiere. La proposición era de lo más decente.
-”¿Me regalas la entrada?”. Como ya he sobrepasado la línea de gorilas y puesto que la combinación de colores del cartoncillo me parecen de lo más desagradable, accedo a su petición. El grito que pega me deja sordo por varios segundos. Empiezo a pensar que ha sido una mala idea.
Esta sensación se confirma cuando un individuo trajeado me espeta que sin la entrada no voy a poder entrar a ver la peli, que me lo van a pedir en la puerta. ¡Mierda!. Se impone una reacción rápida. Me abalanzo sobre la pubertosa y con un hábil movimiento agarro su muñeca, acerco su mano a la que me quedaba libre y arranco de sus garras el pase de colores. Creo que lo más bonito que me dijo después de esto fue algo referente a mi madre y a su profesión. No me hagáis mucho caso porque, como ya he dicho, había mucho ruido. Para no ser maleducado me vuelvo y le sonrío. Prueba superada.
Sorteando hábilmente una bandada de bailarines ataviados con el traje típico de los guateques cincuenteros, subimos los escalones del cine y llegamos al segundo control. Un “Kevin Cosme” con pinganillo en la oreja y cara de perdonavidas me conmina a mostrarle los contenidos de mi bolsa (vengo directamente del trabajo y no me he podido deshacer de ella). Le digo que no hay problema, que no tengo drogas, ni bombas que ocultar. Pero él, que está muy instruido, me informa de que lo que buscan son cámaras. Comienzo a extraer, uno por uno, los contenidos de mi petate: un libro, la PSP,…
-”No importa. Dentro disponemos de un aparato especial para detectar dispositivos que puedan filmar la película”. En ese momento pienso dos cosas: hay que ver los inventos que se hacen hoy en día (la ciencia avanza que es una barbaridad) y ¿qué interés puedo yo tener en filmar este “bodrio”?. Me lo guardo todo y entramos, por fin, en el hall del Capitol.
Allí dentro cientos de indivíduos se arremolinan en torno a las puertas de la sala en busca de la butaca perdida. Como pollos sin cabeza empujan, se chocan entre ellos, pisotean, arrasan con todo a su paso cual caballo de Atila. Una señorita nos indica que la platea está llena, que subamos a la primera planta. Un señor que pasaba por allí en ese momento me indica que podría usar el ascensor, pero que ni lo intente. No funciona desde hace varias semanas. Habrá que subir escaleras, pues. Me alegro de haber vanido or mi propio pie y de no haber traido la silla de ruedas al evento. Otra prueba superada.
Nos apropiamos de unas localidades bastante bien situadas. Centraditas y con espectáculo en la fila inmediatamente anterior a la nuestra. En la butaca de delante se sienta un personaje todo trajeado y con el pelo más duro que el encofrado de un rascacielos. La capa de cemento que cubre su pelo le da un aspecto entre la corteza del pan y un “Crunch” bien fresquito. A su derecha se sienta la que parece ser la hembra del grupo. Digo esto porque en la siguiente butaca a la diestra se desparrama una entidad de género incierto. Si bien podría ser una suerte de “pocholo” cualquiera, el recogido del pelo y el fular que rodea su cuello dan bastante que pensar. Amén de las varias toneladas de chatarra que lleva en sus muñecas a modo de pulseras. Inquietante.
Pasan varios minutos de las 10 de la noche y el film no muestra trazas de empezar. Desde mi localidad, que está situada muy próxima a la cabina de proyección, invito al operario a que dé comienzo a la película, que ya son horas y que mañana hay que madrugar. Con una sonrisa cortés y un movimiento rápido de cabeza y manos me hace saber que qué más quisiera él que largarse de ahí prontito, pero que no va a poder ser. Nos entretenemos con el aifon de Pedro 10, que es un cacharrito que da para mucho.
El revuelo estalla en la platea. Las niñas vuelven a gritar y las cámaras se disparan como escopetas de repetición. Algo se cuece en la sala. Parece que los invitados de gala ya entran y se aproximan a sus sitios. Resulta que al estreno vienen dos de los protagonistas de la película: una especie de mesa camilla con tapete negro (Nikki Blonsky) y un niñato que resulta ser famoso por cantar en algo que echan por la tele y que, producido por Disney, gusta a las niñas de hoy en día. Saqu-efron o algo así.
Fin del Capítulo I.






8 Comentarios hasta el momento
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uf, qué longitúdine…
Lo dijo ra el 14.09.07 8:40 am
dirá lo que quiera,
pero nos lo pasamos genial
lehendakari. do the locomotion
Lo dijo lehendakari el 14.09.07 9:48 am
Camon beibi. Du de locomousion!!!!!
Lo dijo Rucito el 14.09.07 10:03 am
Disco Ibiza, Locomia!!
Fue la leche, me sentí estrella por un día.
Rumba, Samba Mambo.
Abanicos will be groovin’
Espero impaciente el resto de la crónica.
Lo dijo Pedro10 el 14.09.07 11:21 am
Sin duda un espectáculo sin igual. Si lo tuviera que clasificar, lo pondría entre el cutre-glamour Jolibudiano y una terapia de desintoxicación para Fashion-Victims. Mereció la pena!!
Muy bien reflejado en tu crónica, si señor.
Lo dijo Tevitu el 14.09.07 1:11 pm
Anonadado me quedé el martes, todavía queda la segunda parte de la presentación. Im-pac-tan-te.
Lo dijo Zanti el 14.09.07 1:47 pm
les recuerdo a todos que, a la salida, prentendían colgarme del semáforo más cercano.
el proximo estreno de tripi es el 28 de septiembre, hora punta 3, con jackiechán
seguro que se apuntan?
Lo dijo lehendakari el 14.09.07 5:23 pm
De cabeza. Y si además viene Yaquichán pues mucho mejor.
Lo dijo Rucito el 14.09.07 6:22 pm
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